
Suicidio y autolesiones en adolescentes
Suicidio y autolesiones en adolescentes: coordenadas clínicas ante lo disruptivo del entorno
Diana Altavilla
“Ese mundo no existe, hay que crearlo como el fénix”
(Julio Cortázar, Rayuela)
“Lo más avanzado del pensamiento de una época
no es lo más nuevo sino lo más fecundo”
(Silvia Bleichmar, “El desmantelamiento de la subjetividad”)
Transmitir las sinuosidades de las situaciones adolescentes en este milenio es ya un desafío, pero mayor será cuando consideremos intentar incluirlos en los tiempos de impacto de un entorno global adverso como lo es el de la pandemia por COVID–19.
Los tiempos transcurridos en las últimas décadas nos vienen diciendo insistentemente del incremento de los suicidios, las autolesiones y las conductas de riesgo, en especial en adolescentes, como una narrativa muda que delata el sufrimiento de aquellos que ingresan al terreno adulto con pocas coordenadas contemporáneas que los sostengan en lo vital.
Tal vez por ello la edad de aparición de conductas autolesivas ha disminuido,por lo menos en el mundo occidental, evidenciando lo errado de las estrategias implementadas para reducir su aparición. No alcanza con medidas de prevención o asistencia. La situación demanda una revisión fuerte de los paradigmas donde el humano se sostiene en el siglo XXI: satisfacción individual, plena e instantánea. Nada hay más lejos de la realidad para establecer posibles lazos y vínculos sociales. Aquellos vínculos que son origen de la construcción de subjetividad.
¿Cuáles son las condiciones propias de los adolescentes que son terreno fértil para el suicidio? ¿Cuál es la relevancia de la (no) pertenencia al grupo de pares como definitoria para la declinación del deseo? ¿Cómo se produce la construcción de la idea de muerte como resolución de problemas?
“Sabemos que la circulación de la palabra favorece la metabolización o
transformación de lo disruptivo en no-disruptivo dentro del aparato psíquico.
Aquello que no logra inscripción en el registro significante pasa a tener
alguna forma historizable de sentido. Es necesario que esa palabra anude
algo para el sujeto a un evento que le resulta importante, valioso,
significante, aun en lo doloroso. Por eso no se trata solo de hablar, sino de
‘decir algo con esas palabras sin que resulte forzado ni forzoso’. Porque si
las palabras son vacías no transmiten nada. Y si no transmiten nada,
pueden dañar. De la misma forma que oír no es lo mismo que escuchar, es
la escucha respetuosa y discreta la que no expone las intimidades de los
adolescentes, la que resulta relevante para disminuir el dolor” (Altavilla,
2020, p.92).
Cuando pensamos en lo disruptivo sería bueno tener en cuenta que es lo que nos acontece a diario. Lo disruptivo es aquello que rompe nuestra cotidianeidad, sea esto una llamada telefónica no esperable como un accidente que deja lesiones y/o pérdidas relevantes. Lo disruptivo es aquello que no encaja en el psiquismo. Aquello frente a lo cual no estamos preparados y que exige un esfuerzo de nuestro
aparato psíquico para incorporarlo y hacerlo parte de nuestra historia. Hace a nuestros recuerdos y al aprendizaje que de ellos tengamos. Hace al aprender, al construir conocimiento, a salvar obstáculos en el futuro. El aparato psíquico que ve rota su homeóstasis tiende espontáneamente a volver a la misma.
La ruptura de la homeóstasis y la situación de desvalimiento coloca al humano en situación de operar con recursos siendo estos bases para la ocasión de acceder a recursos válidos antes implementados o construir nuevos.
¿Cuál es el significado del concepto de oportunidad en los discursos de la contemporaneidad? Si estamos en un mundo tan cambiante y vertiginoso, ¿será factible que el significado del concepto de oportunidad aparezca en el discurso contemporáneo como posible o estamos frente a la situación en que oportunidad aparezca como una utopía? Los desafíos del mundo han planteado siempre que las
adversidades son fuente de inventiva. Tal vez debiéramos reflexionar si este concepto de oportunidad se ha desvirtuado en la contemporaneidad.
Considerando que la problemática del suicidio y las autolesiones son parte de un poliedro más extenso, algo consensuado mundialmente, es relevante delimitar las directrices en diversos modos según la cultura donde aparezca. Continúo preguntándome sobre el valor que las narrativas tienen en la contemporaneidad para pensar las diversas formas de abordaje en conductas de
riesgo de vida, de borde con la muerte.
La clínica psicoanalítica, pero también la clínica cotidiana, la consulta en salud mental, la situación en una guardia donde se convoca (o no) al profesional de la salud mental, la intervención comunitaria, las estrategias psicosociales, etc., pareciera llevarnos casi en una constante a la situación de observar-delimitar-construir la narrativa (el relato o la historia subjetiva) de cada uno de aquellos que se plantean en situación de vida-muerte.
¿Qué quiso decir? ¿De qué está huyendo? ¿A qué le tiene miedo? ¿Qué lo amenaza o lo impulsa? ¿Desde cuándo está sufriendo? ¿Cómo oculta su sufrimiento? ¿Puede no hacerlo y dejarlo traslucir en alguna forma de “escrito” o “cifrado” que pueda develarse?. Estas son algunas de las tantas preguntas que se realiza alguien frente al malestar que se le oferta allí, al terminar un encuentro, con ese otro que pide que detenga un aparente destino inexorable hacia lo mortífero.
Discurso contemporáneo y las nuevas formas de expresión
Me encuentro un día con el documental Not Alone en Netflix. Se emitió ya hace un par de años y quedó entrelazado por los diálogos que exceden lo autobiográfico aunque parten de los acontecimientos de la vida personal de su autora.
Esta joven de diecinueve años emprende una carrera titánica para exteriorizar las preguntas que se le imponen al psiquismo y encuentra un método poco ortodoxo. No habla con un terapeuta, aunque puede ser que haya consultado a alguno, no busca interlocutores entre adultos ni profesionales porque no le han posibilitado resolver algo del proceso que ocurría en su mente, ni se queda con el
hermetismo inicial de los 365 días posteriores. Pasando de una escolaridad secundaria a un college a los diecisiete años, su mejor amiga –y de la que se pensaba confidente hasta el momento– sin previo aviso ni comentarios públicos o privados, se suicida. Relata en una voz pausada en off su deriva durante ese primer año luego del suicidio mientras las imágenes de la vida cotidiana postadolescente de cualquier ciudad se suceden al espectador. Grupos de jóvenes que circulan por pasillos escolares, van a fiestas, hacen deportes o actividades recreativas se relacionan de distintas maneras, mientras en su interior, en su mente, las vivencias y pensamientos sobre su vida casi no se dejan ver. No son visibles a sus compañeros y menos a los adultos de su comunidad. Es necesario construir algo
ficcional que nos acerque a su interior. No llora más que otro la ausencia de su amiga y refiere haberse “sumergido en el estudio, sus tareas cotidianas y sus grupos de amigos” luego del funeral.
“No quería pensar” dirá refiriéndose a ese tiempo, hasta que la “venda de los ojos” se deja caer. Nada hay calculado y mucho es evitado. Al año comienza un camino de preguntas con un sinnúmero de respuestas que las organizaciones de salud y prevención suelen dar luego de suicidios con objeto de visibilizar un problema y ofrecer herramientas. Esto no le sirve o no le alcanza. Ninguna de las
charlas de prevención a las que asistía le dejaba enseñanzas, ni de su amiga ni de ella. Casi todas repetían el mismo discurso: factores de riesgo, estadísticas, indicaciones. Nada le era totalmente desconocido, pero algo faltaba y la búsqueda le hizo construir algo propio. Allí la construcción subjetiva, en la posibilidad de hacer algo con la incertidumbre. Interroga al azar en las redes sociales por el interés en
realizar un documental. Un concepto –depresión– que debía aclararle algo de lo sucedido solo deja un enorme vacío interior. No desconoce cómo viven la tristeza sus coetáneos pero también busca hacer algo mejor. No es lo mismo que un adulto hable a jóvenes y menos que una joven sea la que instale tal posibilidad.
La articulación de la clínica con los recursos narrativos actuales: films, escritos, comics, puede ser una forma de aproximación a una generación que ha vivido la imagen como intrusiva en sus vidas sin percatarse de ello.
Si la imagen –o un producto de ella– proporciona un acercamiento válido hacia la subjetividad del adolescente, puede ir en auxilio hacia formas válidas de contar algo de la historia propia sin poner el cuerpo en ello. Serán formas que los adolescentes puedan apropiarse para hablar con el mundo adulto.
Lo fílmico de las últimas décadas, los gráficos de diverso orden que aluden a la muerte buscada, nos transmiten cómo la narración es vista desde lo pictográfico, al modo de lo advertido por Piera Aulagnier.
Not Alone, On the edge, The Unsaid, Al límite del suicidio o Babel son solo algunos de los modos ficcionales de acercarse al dolor por vivir de la contemporaneidad.
Adentrarse en el lenguaje compartido es adentrarse en los modos en que cada época y cada lugar tienen para poner palabras a lo indecible, a lo que no-se- puede-decir, a lo vedado a la palabra dicha. Es decir que los modos en que en cada época la palabra busca decirse se manifiestan al modo de la época.
No hay un modo privilegiado de decir entendido como el modo correcto. El desafío y la inventiva tal vez tenga más que ver con la forma en que se acciona.
Podríamos conjeturar que aun cuando el discurso contemporáneo no sea facilitador de una historicidad cómplice de lo vital, las narrativas actuales parecieran evidenciar no solo el intento sino una puerta de acceso a alguna forma de construcción ortopédica de subjetividad.
Morir por un rato
Para un adolescente la muerte puede ser por un tiempo determinado, un momento, a veces hasta por un instante, ya que en el pensamiento adolescente la muerte real, la permanente, no existe en principio. A pesar de saber que la muerte es un hecho concreto del cual no se retorna, el adolescente tiende a adherirse a la idea de la falsedad de su afirmación teniendo como sustento la imposibilidad de
registrar la muerte. Es así que la afirmación “no hay registro de muerte” se torna tan veraz que puede afirmar la imposibilidad de su concreción.
Para el adolescente no hay registro de muerte como tampoco registro de la sexualidad como puede llegar luego, en vida adulta. Cuando la muerte tiene el correlato de ser una representación posible de la finalización y el comienzo de otra cosa, el comienzo de la adultez alguna posibilidad se abrirá a la narración, a la historización. Es entonces que la adolescencia podrá ser una instancia, un tramo del recorrido, con menos dificultades que los que hoy tiene. Tomarse de su imaginación para tener alguna forma cercana posible al relato, una forma que les permita explicarse lo inexplicable cuando su desarrollo completo aún no ha llegado y a la vez, la vida los coloca frente a desafíos límite.
Pero ¿qué nos interrogamos sobre esta situación donde la muerte parece representar cosas distintas?
La sexualidad, el encuentro con el semejante, la identidad, los desafíos de construir algo propio, el rechazo, la pérdida de pertenencia al grupo identitario: todas cuestiones que nos remiten a un lenguaje en imágenes donde el adolescente indaga sobre sus interrogantes delatando los desafíos fuertes de una época en curso.
Cuando se pregunta a adolescentes y jóvenes sobre qué han visto en TV, refieren en estos años haber transitado, entre otras, por Black Mirror, The handmaid’s tale, Breaking Bad, Ozark, Fargo, la saga demasiado extendida de 13 Reasons Why y muchas más, donde no siempre los personajes protagonistas son adolescentes pero sí están incluidos en la situación difícil que les toca transitar: dolor, miedo, muerte, injusticia, decadencia, horror, competencia, exposición, promiscuidad, violencia, alcohol, abuso.
Dilemas todos que preguntándose o empezando a preguntarse a partir de la preadolescencia los encuentran en un mundo donde no es usual remarcar el valor de la honestidad, del compromiso, de la solidaridad, de la tolerancia y la diversidad sino como alternativas a las coordenadas del éxito.
Ver. Eso sí se instala en lo cotidiano adolescente. Ver por pantallas. Las de TV pero más aún de los celulares. Las imágenes de los juegos en red se transfieren a las series cuando el dilema ya se incorpora al ideario compartido. Ya no jugarán con otros, mirarán con otros las mismas películas y sobre todo las mismas series. Algo de la continuidad, de la historia, se vuelve necesario y hasta casi imperioso.
Las series marcan en capítulos que algo acontece, que algo va a acontecer, que algo se pudo, se torna imposible o inaccesible. Lo prohibido queda anudado a las líneas de ruptura con los mandatos familiares y otorgarán una marca, a veces indeleble, a la historia futura. Promediando la adolescencia parecen producirse los quiebres y estos empujan a problematizar ideas o crear síntomas donde no pueda autorizarse un devenir o alguna intuición de deseo construible.
Las películas y las narraciones con grafismos parecen ser en la cotidianeidad de las adolescencias del siglo XXI la entrada posible a un diálogo entre adultos y jóvenes, así como las escrituras en papel o las bandas de música lo eran en el siglo XX, y las hazañas en el XIX o antes.
Santiago Kovadloff decía que la transmisión si no es entre sujetos será entre espectros. Pensar en cualquier forma de apropiación de ideas o de aprendizaje que no sea la reflexiva, la que vuelve sobre sí un caudal de interrogaciones, será entonces un camino vano o tortuoso para las nuevas generaciones.
Construir algún lugar para resguardarse es un punto de inflexión a construir por las generaciones que, hoy adultos, proveen algún formato narrativo a los adolescentes de lo que es vivir, ya sea viviendo en libertad. El riesgo será sino continuar construyendo una nueva forma de esclavitud: la de la soledad.
Análisis del concepto de interpelación y propuesta interpelativa
Para Louis Althusser la interpelación es la operación a partir de la cual una ideología “recluta” sujetos, o más precisamente, constituye a los individuos en sujetos.
El ejemplo clásico con el que el autor ilustra esta operación es el de la interpelación policial “¡Eh, usted, oiga!”, ante la cual el individuo que se reconoce interpelado se vuelve, asumiendo el lugar desde donde se lo interpela, asumiéndose sujeto a este lugar. Hay individuos que se pasean. En alguna parte (generalmente a sus espaldas) resuena la interpelación: “¡Eh, usted, oiga!”. Un individuo (en el 90 % de los casos, aquel a quien va dirigido el llamado) se vuelve, creyendo- suponiendo-sabiendo que se trata de él, reconociendo pues que “es precisamente a él” a quien apunta la interpelación. En realidad las cosas ocurren sin ninguna sucesión. La existencia de la ideología y la interpelación de los individuos como sujetos son una sola y misma cosa (Althusser, 1971).
Es entonces a partir de una operación de interpelación que el individuo se reconoce como sujeto en relación a un objeto de saber que le resulta valioso y es en función de reconocerse en este lugar que buscará apropiarse del mismo. Reconocerse en el lugar de aquel a quien se le habla es también reconocerse en la descripción que de este se propone: reconocer que se habla de él, que el saber que se propone le concierne, pero también reconocer que es él ese a quien se le habla, con los atributos que se le asignan. Es por esto que la interpelación y el reconocimiento implican también una construcción imaginaria de sí concordante con aquella propuesta por quien interpela.
Hay situaciones que interpelan: algunas son palabras, algunas son escritos, algunas son grafismos, algunas son en objetos y algunas en el cuerpo. Pero en un punto las entiendo a todas como narraciones. Y claro está que las narraciones van en un campo extenso desde lo excelso hasta lo cruel, ejerciendo efectos imposibles de calcular ni en la dimensión cuantitativa ni en la temporal.
Empatía, timing o tiempo óptimo para incluir algo, confianza y serenidad, tolerancia a la frustración del sujeto y propia, son algunas de las cualidades que una buena “escucha” debe presentar para construir un genuino “encuentro”.
Es la mudez en los seres humanos algo que está en el límite de la alienación, no de la psicosis sino de la alienación de la especie: somos seres hablantes, nos han dirigido una palabra o una mirada y nuestra vida depende (y dependerá) de ello hasta el último suspiro. Entonces buscar en la mudez el vestigio de una narrativa que haga al sujeto hacerse presente será clave para entender por qué algunos
profesionales logran en lugares donde otros fracasan, tiene que ver con construirse un modo personal, válido y adecuado para generar en un diálogo algo que lo haga fecundo.
Lo escrito. Lo hablado. Lo dibujado. Lo tatuado. Lo filmado.
Es necesario recordar una y otra vez que las antípodas se presentan en los discursos casi de forma constante. Alguien quiere decir algo pero no lo dice o dice lo contrario, o lo encubre bajo torsiones tan intrincadas que hacen casi imposible saber algo de lo que se intenta decir. Esto es, en estos tiempos, una constante repetida en diálogos verbales y más aún en diálogos escritos/hablados de las redes
sociales, donde el código se vulnera y todos quedan en un abismo de signos de pregunta repetidos hasta el hartazgo. Los oídos se cierran y las bocas enmudecen por completo cayendo en una letanía de verborragias inconducentes. Se habla todo el tiempo para casi no decir nada.
Es un mar de vacíos donde los que requieren salvavidas se hunden y naufragan. Allí están principalmente los que hablan con el cuerpo, con la violencia hacia afuera y hacia adentro.
Las redes sociales en los distintos grupos etarios y sus significados.
Comunicarse es de-construir un cifrado para establecer un código común. Cuando vemos un film podemos apreciar un mensaje, una idea rectora, la voluntad del director o el guionista: si puedo leer esto estaré en condiciones de comprender un mensaje nuevo. Nadie sabe a dónde nos conducen, lo que sí sabemos es que se nos hace difícil lidiar, no con las redes (los millennials saben de redes), sino con
las formas de comunicación a las que ellas los arrojan.
El desafío será no estigmatizar a las redes sino a nuestra dificultad para vencer las barreras comunicacionales. Las redes solo las dejan más al descubierto. Hacen que se note cuando alguien quiere comprender a otro o quiere dejarlo afuera, borrarlo, invisibilizarlo. Y todo eso es tan viejo como la humanidad.
Un hecho artístico que luego pueda ser traducido no solo es una interlocución –con el docente, con los adultos–, es un posible método, especialmente cuando tiene continuidad, instalando en un ámbito un modo de pensar que los represente, a los adolescentes, como colectivo social y como sujetos, más allá de las marcas familiares.
Estructurar-se incluso como un grupo y trabajar en forma de red, vehiculizando el malestar en mejores recursos, es un desafío constante y permanente. La realidad dinámica y las adversidades –desbordantes desde el COVID-19– requieren de una visión de grupo “plástica, heterogénea, complementaria, solidaria, con objetivos coincidentes que establezcan cohesión de grupo” e implican, tal vez, uno de los trabajos más arduos pero más gratificantes dado que aporta el complemento inherente a la fuerza para continuar el deseo inserto en cada proyecto (Yalom, 1985): Invención, cohesión, transmisión, solidaridad, colaboración, apego, sostén, aprendizaje relacional, socialización, ejes de un proyecto donde lo subjetivo se abra paso sin detrimento de lo colectivo.
Tiempo y espacio como coordenadas posibles de un constructo que lleva adelante lo social. Los adolescentes buscan –o esperan– esto en sus narraciones mudas pero pareciera que estas, al modo mudo del discurso narcisista, las deteriora en su vertiente social, comunitaria, colectiva y válida. ¿Es posible un encuentro entre la necesidad de crecimiento de los adolescentes y un planeta que integre.
Los cambios son parte de una continuidad histórica que el sujeto transita casi sin estar advertido de lo venidero. Allí radica su capacidad para anticiparse –sin desmoronarse hacia la muerte– y comprender los modos distintos y diferentes que cada generación plantea en cada tiempo distinto de la humanidad. Oportunidad en la construcción de menos desvalimiento implica que el sujeto pueda –en especial
enmarcado de un espacio de escucha– ver, dentro del desvalimiento, los ejes y coordenadas que construyeron y construyen su vida. Allí radica la oportunidad de contemplar la construcción de subjetividad.
Interesante pensar tiempos cronológicos en tiempo de pandemia. Los días transcurren distintos para cada uno con las vivencias de lo interminable e incierto; tiempos en que el futuro se redujo al día a día. Días en los que lo real atraviesa y deja a muchos sin posibilidades de decir y se manifiestan estos modos de sufrimiento psíquico.
Caminamos por la sinuosidad del discurso donde los preadolescentes se dispersan –o generan una desmentida– continuando con sus juegos en red con el nuevo permiso de padres o docentes, y adolescentes preocupados por demás, con un dolor a cuestas que se traduce en silencios, opacidades y tensiones. Pocos pueden continuar con las tareas cotidianas en un “como si nada pasara” esperando
que la cuarentena sin cronología de tiempo termine y los deje seguir, ya sin planes o planes extraviados. El mundo les plantea una “nueva normalidad” cuando aún no han completado la suya.
Tendrán un tiempo de acomodar sus procesamientos psíquicos alineados en torno a un deseo. Cuestionar el paradigma de la época que privilegió lo individual cuestionado con el lema #quedateencasa o #cuidémonos es, en principio paradojal pero introduce un universo de alteridad sin menoscabo del “entre”. ¿Los jóvenes podrán hacer un entre por fuera del universo adolescente al que siempre son empujados por sus contemporáneos?.
Por de pronto son de los pocos grupos etarios que cursan en un casi 0 % de riesgo de vida. Parecen inmunes aún en el desvalimiento en el que todavía están y hoy basculan entre mayores y menores alteraciones psíquicas que el resto de la población. Requieren brújula, balsa y timón con un mapa invisible a dibujar. En unos segundos de Siete Almas, Ben Thomas (Will Smith) parece resumir algunos hilos presentes en toda generación de adolescentes: “La primera vez que vi una medusa cuboza tenía doce. Nunca me voy a olvidar cuando mi padre dijo: ‘Es la más mortífera criatura que jamás había existido en la Tierra’. Para mí era simplemente la cosa más hermosa que
jamás había visto”.
La muerte está amarrada a la vida en un permanente devenir de cambios de los adolescentes, que se incrementan exponencialmente en esta época de límites de la vida humana. Será un desafío posible en un mundo en permanente cambio fundacional.
“En análisis la responsabilidad no es simple:
el analista no tiene solamente una responsabilidad hacia su paciente,
la tiene también hacia sí mismo, hacia el psicoanálisis
y la comunidad analítica”
(Margaret Little)
Bibliografia

