
CASI MORIR…PARA VIVIR
«CASI MORIR…PARA VIVIR»
Lic. Carolina López
“El hecho que interesa aquí es que, si mi nacimiento sirvió para alejarlos, mi casi muerte los unió. Y que ese día renací para que parte de mí muriese”
Mario Sabino.
Se intentará transmitir el recorrido del tratamiento de un paciente que, inicialmente, consulta por el consumo de sustancias. A partir de allí, van apareciendo problemáticas familiares y personales, subyacentes a dicho consumo. Con la descripción de un caso clínico y el apoyo de material bibliográfico, se pretende deducir la función singular de las drogas en este sujeto, y con ello, reflexionar sobre los alcances y las limitaciones de dicho análisis.
D tiene 25 años y se presenta en el Centro Aabra Lanús junto a su madre. Llega a la consulta porque hace un mes atrás, pierde la conciencia a la salida de un boliche, después de haber consumido pastillas. Dice haber tenido miedo, por su falta de control:
“podría haber hecho cualquier cosa, podría haber o haberme matado y no me hubiera dado cuenta“
Relata que el taxista que lo trasladó a su casa le revisa los pantalones, saca plata de su billetera y lo baja del auto. A partir de allí, no recuerda como entró a su domicilio.
Fuma marihuana varias veces por día, los fines de semana toma alcohol y en algunas ocasiones lo combina con pastillas, aunque reconoce que quedo asustado después del último episodio.
Luego de transitar las primeras entrevistas que componen el Diagnóstico Situacional, se indica un Dispositivo clínico que consta de: un espacio terapéutico individual semanal, entrevistas vinculares en las que participan el paciente con sus padres, una interconsulta con Nutrición y visitas quincenales con el Psiquiatra de la Institución.
Ubica el comienzo del consumo de marihuana a sus 15 años, cuando deja la casa de sus abuelos maternos, y pasa a vivir solo con su madre. La mudanza implica también un cambio de colegio. El consumo aumenta cuando termina la escuela secundaria. En ese momento, consigue un trabajo administrativo que conserva al momento de la consulta.
Desde sus 18 años tiene un consumo sostenido de ácidos, éxtasis y cocaína hasta que a los 22 años tiene una sobredosis de ketamina. Saliendo de un boliche sufre una broncoaspiración y termina 37 días dormido en coma farmacológico.
“mi casi muerte”
Sus padres se separan cuando tenía 6 años, por una infidelidad del padre, quien se casa con la amante y es su mujer en la actualidad.
Su madre no volvió a tener pareja en estos 20 años. Después de la separación, D. vio a su padre algunas veces hasta que perdió el contacto definitivamente, retomado la relación cuando sufre la sobredosis.
Según el paciente, fue fundamental la participación del padre en su lenta recuperación. Lo ayudó a volver a caminar, a comer solo, lo acompañó a recordar acciones y rutinas olvidadas, adquiriendo autonomía nuevamente.
Al comienzo del tratamiento, no quedaba claro el motivo por el cual el padre se ausentó de la vida de D, durante tantos años. Para desmembrar esta situación fue importante el recurso de las entrevistas vinculares, como parte fundamental del dispositivo pensado para este paciente.
La madre solicita una entrevista a solas con la analista del espacio vincular. Cuenta que D fue manoseado en reiteradas oportunidades por un primo mayor, en las visitas de fines de semana en la casa del padre. Por ello, toma la decisión de negarle el contacto con su hijo. A partir de allí, se fueron espaciando las visitas hasta que finalmente pierden contacto.
D presenta secuelas del episodio de sobredosis. Tiene dificultades notorias para hablar, un forzamiento constante de su voz, resaltan su afonía permanente, producto del deterioro de sus cuerdas vocales a raíz de la traqueotomía. El olvido de grandes fragmentos de su historia dificulta el avance del análisis. El paciente no se esfuerza por recordar, cerrando sentido rápidamente, sostenido por un criterio médico que asevera posibles amnesias, desdibujando así olvidos resistenciales, presentes en cualquier análisis.
En el primer período de tratamiento, el paciente solo podía anhelar las épocas de los “viajes” en las fiestas electrónicas
“no encuentro nada ni voy a encontrar nada que pueda asemejarse a lo que me produjo el consumo”
Durante varias sesiones parece atravesar un duelo sobre aquella época. Habla con fascinación de los efectos del tóxico en el cuerpo, recuerda con placer los sonidos de la música electrónica, sobre todo, resalta la excitación psicomotriz.
Como analistas, es indispensable no quedar atrapado en ese paraíso artificial que describen estos pacientes, sino en darle lugar a que aparezca el padecer, dilucidar el sufrimiento que invade un sujeto.
En el caso que nos ocupa, fue fundamental respetar un primer tiempo lógico y necesario de tratamiento, repleto de palabras vacías de contenido, con el objeto droga como portador de todos los placeres, para pasar a un segundo tiempo; en el que surgirá el dolor – velado – del que intenta escapar. Paso fundamental para propiciar un análisis.
Así inicia la construcción de su historia, atravesada por los excesos, en todas sus formas.
Juega sin darse cuenta a describir con significantes propios, las diferentes etapas de su vida, en las que prevalece la ausencia de límites, (externos e internos) y haciendo propia la imposibilidad de poner una medida, de acotar goce.
“Sobreestudio” es el significante que construye para resumir su infancia, un niño sobre adaptado con lenguaje e intereses adultos. En esta época vivía con su madre y abuelos maternos. Pasaba horas encerrado estudiando, con escasa vida social. El exceso de estudio limitaba sus actividades lúdicas o recreativas; y condicionaba su lazo social.
El paciente ingresa a la Institución con sobrepeso. El equipo de Nutrición indica una dieta y actividad física, comienza así un descenso de peso. Primer indicio de estar dispuesto a perder algo, al menos kilos. O bien, a hablar de lo que ha perdido: su padre, su abuelo, su voz. Algo de sus excesos se conmueven.
Se deduce que la primera etapa de vida del paciente fue atravesada por un exceso en el plano sexual, una sobreexcitación que el aparato psíquico no tiene, en sus tiempos de formación, la capacidad para tramitar. D, puede relatar los abusos pero desestima lo sucedido, le resta importancia. Cabe preguntarse si el episodio que lo trae a la consulta -el taxista que le saca la billetera- tiene alguna conexión con esta escena homosexual que vivió de pequeño. La imposibilidad de controlar la situación revivió aquella escena traumática, que es traída al análisis de forma desafectivizada. En cambio, las drogas están colmadas de sensaciones, emociones, como un objeto que porta en sí mismo la felicidad.
Es importante la forma en la que un paciente se presenta a la consulta y el momento en que elige para hacerlo. Son datos que pueden estar ligados a la construcción de una demanda.
La escena que lo mueve a buscar tratamiento lo asusta y lo ubica en una posición pasiva frente a otro. Sin comandar la situación. Tal como sucedió de niño. Tal como sucede muchas veces con su madre, a quien tampoco puede ponerle un freno.
Es apropiado situar los momentos en los que D. recurre a las drogas.
Su experimentación inicia cuando se va a vivir solo con su madre y se aleja de su abuelo, quien cumplió una función paterna, o bien, de palo en la boca del cocodrilo, al decir de Lacan.
“ahí despegué”
Se trata de una madre depresiva, tomando a su hijo como rehén para sustentar la queja hacia su ex-pareja, detenida en esa posición por veinte años. D. intenta despegarse de su madre consumiendo.
“El consumo es bisagra en el tiempo de separación madre-hijo, donde se instala como forma de sustracción del lugar de ser el falo de la madre, proporcionando al mismo tiempo la consistencia en ser que lo mantiene estancado en ese lugar de objeto en la dialéctica familiar” [1]
En reiteradas oportunidades su madre pretende entrar a sesión con él. A modo de intervención, se señala que el espacio vincular es el único lugar al que ella puede asistir, con la intención de delimitar los espacios, y evitar que una vez más se invada y se violente la intimidad del paciente.
D se siente aliviado al saber que su madre no tiene ningún contacto con su terapeuta. Esto beneficia el avance del análisis. El secreto profesional lo resguarda. Se habilita a hablar de los desbordes de su madre, quien le revisa sus cajones, sus prendas e invade su privacidad todo el tiempo. Lo llama y controla sus horarios. La madre del paciente resuelve el duelo de su padre con una persecución constante sobre D.
Recurre también ferozmente a la droga cuando muere su abuelo, producto de un cáncer de cuerdas vocales. Unos meses después, tiene la sobredosis, se anestesia frente al dolor, se duerme. Los excesos en el consumo aparecen como respuesta a un duelo, y surge la identificación a un rasgo de la persona que ofició de padre. Con su “casi muerte” también convoca a su padre.
En los primeros meses el dispositivo funcionó como un marco de contención para la vida del paciente. Cada espacio reguló y ordenó situaciones desbordadas.
Un plan de alimentación y actividad física propiciaron un estilo de vida más saludable. Se aportó el cuidado al cuerpo real, situación que estaba desatendida. El psiquiatra indico medicación y especificó la ausencia de alcohol, que el paciente respeta con seriedad.
Desde el espacio individual, se habilitó inicialmente solo el consumo de marihuana, salvo los días que tenía entrevistas en la Institución. D fue adoptando y respetando lentamente estas indicaciones. Más tarde, empieza a cuestionarse dicho consumo. Descubre que disminuyen sus reflejos para manejar. Selecciona los momentos para fumar, según el ámbito y la compañía. En variados aspectos, va construyendo su propia medida.
Las entrevistas vinculares re ordenaron las funciones y delimitaron responsabilidades. Se organizó, entre otras cosas, el pago del tratamiento. Se pactó que los encuentros familiares fueran abonados por los padres de manera alternada. El padre, siempre reticente al pago, fue convocado a hacerse responsable de su función, aunque tardíamente, perdiendo algo del goce que lo detiene en el lugar de un hombre “que no puede”.
Siguiendo a Héctor López: “El analista no define a un sujeto por su adicción sino por su estructura inconsciente, donde la droga ocupa un lugar de efecto y no de causa”[2]
En este punto, se observa que el consumo no solo posterga la tramitación de un duelo y funciona como freno al estrago materno, sino que también evita el lazo al otro. En la adolescencia, sus amigos son los compañeros de consumo, pero refiere no confiar en ninguno, solo comparten la noche. Sin embargo, es para destacar que en su infancia, el estudio también lo dejaba sin lazo social. Es decir, con diferentes objetos –tanto el estudio como las drogas- recubren la misma función de cortar lazo a un otro. No se trata, entonces, de estigmatizar un objeto como el portador de todo lo malo que le sucede a un sujeto, sino de deducir, a través del discurso, la función inconsciente que sostiene dicho objeto. Función variable de un sujeto a otro.
En relación a las mujeres, mantiene encuentros esporádicos con chicas que conoce estando drogado y luego no recuerda nada. Refiere que nunca tuvo una pareja.
“una mujer no encajaría con mi vida, estoy siempre de joda… para mí el porro es una compañía”
Es válido recordar que las dos descompensaciones más riesgosas se producen a la salida de un boliche. Se puede pensar en la salida exogámica del paciente, una salida fallida que está detenida por el consumo. El mismo se entiende como una vía de escape; o bien, un recurso que obtura cualquier pregunta en el marco de la sexualidad. No tiene recuerdos de su primera relación sexual porque estaba drogado. Siempre la dificultad para acceder y disfrutar de la intimidad con una mujer está en el exterior: la droga, la joda. No hay implicancia subjetiva en ello. Elige el consumo, un goce autoerótico que excluye al otro.
En el transcurso del tratamiento muere un tío del paciente -esposo de la hermana de la madre- D. se siente muy conmovido y aparecen síntomas panicosos. Refiere no poder ir a trabajar, no tolera la tensión laboral. Finalmente, renuncia a su trabajo. D. arma un nuevo síntoma en transferencia. No recurre a las drogas. Solicita tener una sesión más por semana, se angustia e intenta tramitar el dolor que le provoca la ausencia de otro hombre en su familia, a través de la palabra.
“El psicoanálisis en cierto sentido también es un tratamiento que apunta a una sustitución. La sustitución del goce de la sustancia en el cuerpo por el de la palabra. En cierto aspecto se trata de que el sujeto acepte el goce del sentido que se pone en juego en el análisis. Para ello es necesario que el goce autoerótico puesto en juego en la toxicomanía sea cedido. De esta forma se puede establecer un pasaje por la relación al Otro como es la transferencia.” [3]
La demanda de asistir más seguido a sesión abre paso a un tercer tiempo lógico en el análisis. Algo del goce autoerótico y mortífero puesto en juego en el consumo cede y aparece un nuevo goce, el de la palabra. Arma lazo con su terapeuta, prefiere hablar en sesión, poner en palabras su dolor, no apaliarlo con un tóxico. La muerte de su tío actualiza sus pérdidas. En esta oportunidad, surge la angustia a través de los ataques de pánico, que son elaborados con la circulación de la palabra en su espacio terapéutico. Marcado pasaje del “ser adicto” sin angustias, en el primer tiempo, a los síntomas panicosos plausibles de ser trabajados y superados en el espacio analítico.
En el último período de tratamiento, D comienza a armarse un nuevo proyecto de vida. Cambia su estilo de vestimenta, lo hace de forma más simple, escucha música de protesta y reflexiona sobre sus letras. Planea un largo “viaje” para recorrer el mundo, quiere encontrar un lugar alejado, en el que pueda estar solo, disfrutando de la naturaleza y vivir de ella. Se trata de un proyecto solitario que excluye claramente al otro. Hay un deslizamiento de objeto, aunque repite los mismos efectos. El significante “viaje” tiene ahora otra acepción, menos nociva, desligado de lo mortífero. Se trata de un viaje de placer, de experimentación de culturas, que lo ubica fuera de casa, y muy lejos de su madre. Es un nuevo intento de salida exogámica, en la que sigue predominando el autoerotismo y la dificultad de hacer lazo con otro. D insiste:
“Ahora no puedo engancharme con nadie porque en un año me voy de viaje”
El dispositivo pensado para este paciente propició las condiciones de separación madre-hijo, colaboró para mejorar la convivencia entre ellos. En esa dirección, se indica la suspensión de las entrevistas vinculares. En respuesta a dicha intervención, la madre solicita un espacio individual para elaborar sus miedos y angustias. De este modo, se alivia la tensión que sufría D, quien soportaba –solapadamente- los conflictos de su madre, entre los que se encuentran un duelo detenido y las quejas hacia su ex –pareja.
El tratamiento funcionó como límite al goce materno, y como relevo o suplencia transitoria de la función paterna fallida. Respecto del padre, se propició un gran acercamiento con su hijo, mejoró el vínculo ampliamente. En resumen, se generó una nueva distribución de goce y cambios en la dinámica familiar.
El paciente suspende el tratamiento por un tiempo. Se niega a que su madre continúe abonando las sesiones. Retoma la terapia cuando consigue trabajo, y después de unos meses, vuelve a abandonar. En este último período, se abre una suerte de juego “fort-da” con la figura del analista, sostenido en presencias y ausencias de su espacio terapéutico. Las mismas, se producen ahora en el plano de lo simbólico, se actúan en transferencia, sin ofrecer su cuerpo real a la muerte. Envía a su terapeuta mensajes de texto contando que se encuentra bien y que volverá próximamente. Dedica saludos espontáneos para fechas específicas como el día de la madre, se infiere que el paciente repite en transferencia le separación de su madre. La muerte ya no es el camino para tomar distancia de un otro. El “viaje” ahora es un proyecto de vida, no un pasaporte a la muerte:
“tengo ganas de vivir y ya no de sobrevivir”.
Bibliografía:
Freud, S., “El malestar en la cultura”, O.C, Tomo XXI, A.E, -Bs. As., 1986
Donghi, A, “Innovaciones de la práctica. Dispositivos clínicos en el tratamiento de las adicciones”, JCE Ediciones, Argentina, Bs. As., 2006
López, H., “Las adicciones. Sus fundamentos clínicos”, Editorial Lazos, Argentina
[1] Donghi, A. “Abordaje familiar en la clínica con toxicómanos”, en Innovaciones de la práctica. Dispositivos clínicos en el tratamiento de las adicciones, JCE Ediciones, Bs. As., Argentina, 2006. Pág. 43.
[2] López, H. “Las adicciones. Sus fundamentos clínicos”, Editorial Lazos, Argentina, pág. 14.
[3] Silitti, D., “La drogadicción desde el psicoanálisis”, en Más allá de las drogas, sujeto, goce y modernidad, Nueva Serie, Plural Editores, La Paz, Bolivia, 2000. Citado por Donghi, A. El psicoanálisis: un tratamiento de sustitución posible, en Innovaciones de la Práctica. Dispositivos clínicos en el tratamiento de las adicciones, Jce Ediciones, Bs As. Argentina, 2006, pag.66.
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